‘Señor… Llévame donde los hombres necesiten tus palabras,
donde falte la alegría…”

 

Vamos a compartir con vosotros en estas líneas una sencilla historia de amor y gratitud.

El momento… una soleada mañana de domingo, en el mes de junio.
El escenario, un hermoso santuario mariano en medio de la naturaleza misma, un regalo de paz espiritual en medio del gran regalo de la creación.
Los protagonistas, una pequeña célula de la gran familia de Francisco y María Ana, reunida para CELEBRAR con mayúsculas tantos milagros como Dios ha obrado en su vida…

El pasado 21 de junio amaneció para muchos de nosotros revestido de fiesta. Esta jornada estaba llamada a no pasar como un día más en nuestro calendario ¡y vaya si fue así! En Ourense, ese hermoso pedacito de Galicia, nos congregamos como familia única muchas de las religiosas de las comunidades locales de FMMDP (con la madre provincial de Galicia a la cabeza), los hermanos de las distintas fraternidades de AMAM de esta zona y los jóvenes que participamos en el Movimiento Laical Misionero. El objetivo era doble, festejar el final de curso de un gratificante año de trabajo para los miembros de la Asociación y celebrar la valiente decisión de Charo, Ana, Leti, David y Esther, cinco hermanos nuestros, de partir hacia tierras de misión a vivir de cerca una experiencia de entrega a los más pobres de entre los pobres.

La alegría ya se palpaba en el ambiente al subir al autobús que nos llevó hacia el hermoso Santuario de Nuestra Señora de la Armada, donde celebramos la eucaristía de acción de gracias y envío. Allí, rodeados de bosques y montañas, al más puro estilo franciscano, peregrinamos como familia a compartir con corazón sencillo tantas emociones como hemos ido acumulando en los últimos meses. Cada gesto iba cargado de sentido y mensajes: en la procesión de entrada estuvieron representadas todas las pequeñas semillas de nuestra familia; en las peticiones, recordamos a toda la Iglesia universal, a nuestros seres queridos, a los que estaban allí en presencia y a los que estaban en espíritu…; en las ofrendas, junto al pan y el vino, llevamos hasta el altar una sandalia y el cayado y zurrón de nuestra Madre, la Divina Pastora, que nos recordaron nuestra vocación de estar siempre en camino…

Todos pudimos sentir la cercanía del celebrante, Don Raúl, formador del Seminario menor de Ourense, que con su proximidad nos hizo sentir que cuando nos llamamos hermanos en Cristo no lo hacemos con la boca pequeña, sino viviendo y creyendo lo que decimos. Resuenan aún en nosotros las palabras que nos lanzó durante la homilía actualizando el magisterio del Santo Padre Juan Pablo II: “No tengáis miedo”. Ese es el deseo que convertimos en oración con los ojos fijos en nuestros hermanos que parten para su misión y en todos los que quedamos aquí, haciendo misión con nuestros más próximos.

Al llegar el acto del envío, las emociones afloraron sin medida. En nombre de las familia de los enviados, Mari Carmen, la madre de David, expresó con palabras y lágrimas, el gozo vivido al ver cómo un ser querido da un paso tan importante en su vida. Sus lágrimas nos contagiaron enseguida a todos… ¡Bendita llorera! Porque las que allí brotaron fueron lágrimas de alegría. Esa alegría se manifestó también en las palabras de ánimo de sus compañeros, de Sofi en nombre de las hermanas del voluntariado misionero y de Adelaida y Ángela en nombre de todas las religiosas de las comunidades, para las que es sin duda un orgullo que aquellos muchachos, a los que vieron formarse y corretear por los patios de sus colegios, sean protagonistas ahora de esta aventura. La ceremonia de envío lo fue también para Belén, que en un futuro cercano partirá para Venezuela, en un paso más del camino que emprendió un día, cuando decidió dar su Sí a Dios en la familia de Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor. Aunque Esther, que partirá hacia su misión en octubre no pudo acompañarnos, la tuvimos también muy presente en toda la celebración. El canto ‘alma misionera’, fue la mejor banda sonora para acompañarnos en este momento.

La eucaristía terminó con otro gesto cargado de emotividad y significado, el de la imposición de manos. Los hechos de los Apóstoles nos recuerdan cómo cuando Pablo y Bernabé fueron elegidos y enviados por la comunidad a su misión apostólica “después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron” (Hch 13, 3). Con sencillez y con mucho amor, nosotros actualizamos miles de años después este gesto, convertido al mismo tiempo en deseo de bendición para todos ellos.

La convivencia siguió con la comida, donde la alegría del compartir siguió presente, ahora en forma de cantos y bailes… Y para finalizar, no podía faltar la gran foto de familia. La pena fue que algunos tuviéramos que marchar tan pronto para coger el autobús de vuelta a casa… Pero pronto volveremos a encontrarnos y volveremos a compartir. A su vuelta, ‘nuestros enviados’, ¡tendrán tanto que contar!

Muchas gracias a todos y todas las que prepararon con tanto cariño esta celebración y nos hicieron sentir verdaderamente como en casa. ¡Gracias de corazón, familia!

Acabamos estas líneas recordando la dulce melodía del canto que entonamos durante el ofertorio, un consejo, un nuevo mensaje de sencillez, que ha de calarnos bien hondo:

“Non leves para o camiño nin pan, nin cartos na alforxa. Leva soamente un caxato para aproiarte cuando che falten as forzas…”

                                                                                    Javi Ortega